¿Qué son cinco (años de) caguamas (jurídicas)?
A finales del año 2020 nos encontrábamos todavía en ese mundo incierto en el que navegábamos una pandemia sin saber muy bien cómo llevar la vida entre las medidas de resguardo y los trabajos de home office (entre otras miles de preocupaciones).
En medio de esos tiempos extraños y por razones que no tengo claras, se me ocurrió ofrecer un breve curso de acto administrativo en línea y así fue como en octubre de ese año nació lo que llamamos la “Comunidad DAMX” o DAMX (por comunidad de Derecho Administrativo en México). Esa parte siguió un rumbo específico y adoptó una estructura formal, ahora institucionalizada, que hoy ofrece cursos y capacitaciones regularmente (y sí, antes de que lo reclamen, está pendiente de obtener el RVOE para ofrecer una Maestría en Derecho Administrativo).
Pero también una de las cosas que en aquel momento nos llamó la atención como equipo (Gera, Maru, Rama, Mantaro) fue encontrar que existía un grupo de personas interesadas en discutir cuestiones jurídicas de forma crítica y que, hasta cierto punto, se encontraban en descontento con las dinámicas con las que tradicionalmente se habla de Derecho.
Así que el equipo de DAMX propuso una idea: deberíamos llevar a cabo reuniones para discutir cuestiones de derecho, pero por fuera del espacio formal, delimitado y costoso de las escuelas y los cursos. Y a partir de esa idea seminal la noche del 24 de marzo de 2021 tuvimos la primera reunión casual de la comunidad DAMX.
Aquí un post del recuerdo de aquella fecha:
En su origen, la idea era convocar a este tipo de reuniones una vez al mes, sin embargo ese mismo miércoles, acordamos reunirnos a la semana siguiente, en miércoles, a las 20:30 hrs y así quedó establecido el día y el horario de nuestras reuniones. También, a la semana siguiente la invitación se hizo ya para participar en el “miércoles de caguamas jurídicas”, que, a la larga, quedó oficializado como los “miércoles de caguama jurídica”.
Así empezó todo y a partir de ese primer miércoles 24 de marzo nos reunimos todos los miércoles del año (salvo algunas excepciones por vacaciones u otras razones). Ese 2021 celebramos un total de 38 caguamas jurídicas.
Al iniciar el segundo año, tenía mucho más claro qué hacíamos las personas que nos reuníamos todos los miércoles y que, puede decirse, explicaría el propósito y la dinámica que se buscaba en la caguama jurídica. Con eso en mente, entre enero y febrero de 2022, preparé el siguiente texto que por diversas circunstancias no vio la luz en aquel momento y que ahora les comparto como quedó escrito en ese 2022 (gracias a quienes revisaron aquellas versiones, pero en especial a Nico que le echó ojo hasta el cansancio):
Cambiando los envases del derecho.
Las personas que ejercen el Derecho suelen ser asociadas con cierta imagen excesivamente formal, que viene acompañada de un lenguaje francamente inentendible para la mayoría de las personas.
¿Cómo se generó el estereotipo? O -peor aún- ¿cómo es que el estereotipo coincide con la realidad? Comparto algunas ideas del por qué.
En primer lugar, el lenguaje. Es cierto que los que nos dedicamos a la profesión jurídica solemos expresarnos con palabras que resultan incomprensibles para aquellas personas que no tienen relación alguna con el Derecho. Y no se trata de criticar el uso de términos técnicos en el mundo jurídico, sino el sinfín de expresiones cuyo uso (innecesario) se da únicamente en la abogacía: verbigracia, impetrante, inconcuso, conculcar, intocado, máxime, óbice, ocurso, marras, disenso y un gran etcétera.
Al lenguaje se suma el aislamiento de la profesión. Por muchos años, particularmente en México, el Derecho se consideró a sí mismo como una ciencia aislada, que no requería de otras áreas de conocimiento (economía, sociología, ingeniería, etc.) para su desarrollo, explicación y/o aplicación.[1] Y así se enseñó y sigue enseñando en muchos lugares del país.
Por otra parte, es común que cuando la gente se empieza a vincular con la práctica del derecho imite las prácticas que observa en su trabajo, sin tener la más mínima idea del por qué de las mismas aunque carezcan de razón alguna (¿cuántas veces no han puesto al final de un escrito la expresión “protesto lo necesario en derecho”?)
Mi impresión es que esto (lenguaje, educación, y otros factores) de alguna forma ha vuelto de la abogacía, una profesión que resulta inentendible para toda persona que no ha pasado por una formación formal para la práctica del derecho.
En general, luego del balance, queda claro que se suele tratar al derecho como algo sagrado.
Pero, si el Derecho regula las relaciones sociales y pretende facilitar las mismas (o al menos la resolución de los conflictos que en ellas se generan), ¿en qué momento el derecho se volvió algo inentendible para la gente a la que se dirige?
Pero la cosa hoy es peor. Con el tiempo, el derecho toma mayor relevancia en la regulación de las decisiones de los órganos públicos. Es decir, en las decisiones de gobierno. Y si el derecho no es entendido por la mayoría de la sociedad, significa también que la mayoría de la sociedad queda por fuera de la discusión pública o cuando menos de su comprensión.
De alguna u otra forma, la incomprensión de lo jurídico, es al mismo tiempo antidemocrática.
Pero bueno, excluyendo algunos escenarios en los que las circunstancias obligarían a que el ejercicio del derecho se desenvuelva con, cuando menos, seriedad, lo cierto es que yo me situaría en la postura de aquellas personas que consideran que se debe desacralizar el derecho. Estoy convencido que repensar y desandar los rituales que sostienen al derecho como algo inaccesible e incomprensible para el “vulgo”, también nos devuelve a los abogados el lugar como personas, y abre el espacio para que la finalidad social del derecho se vuelva una realidad.
Y es que habría que partir de la base que todo aquello que se vuelve sacro, sagrado o sacramental, de alguna forma queda por fuera del alcance de los seres humanos. Lo sagrado es aquello que ha vedado el acceso a lo terrenal, a lo cotidiano, a lo común. Esa distancia entre lo uno y lo otro, se sostiene en prácticas concretas. Es decir, refiere a un ejercicio constante y repetido para mantener delimitadas a estas posiciones como intocables. Y si la finalidad del derecho es que sirva para todas las personas, no me cabe duda que lo que corresponde, frente a ese carácter sacramental del ejercicio de la abogacía es que seamos los propios abogados quienes comencemos a profanar dicho orden o, cuando menos, empecemos a preguntarnos críticamente por las prácticas cotidianas con las que cada uno de nosotros lo sostiene como tal. Solo así podremos reapropiarnos de sus contenidos y reconducirlo a espacios en el que las personas que se ven impactadas diariamente por él, puedan entenderlo y, también -¿por qué no?-, cuestionarlo.[2]
Así que, ¿cómo generar espacios en los que el derecho se trate como una cosa al alcance de todas las personas? Pues bien, aunque esta no fue la idea que le dio origen, estoy seguro que al día de hoy, la idea de socializar el derecho bajándolo de ese lugar ornamental en el que muchas veces se le quiere colocar, es parte central de la caguama jurídica.
¿Qué es la caguama jurídica?
La caguama jurídica es un espacio de intercambio creado con la idea de reunir personas para platicar descontracturadamente de Derecho, en un tono casual, sin las formalidades que se suelen asociar al estereotipo de las personas dedicadas al ejercicio del Derecho.
Se trata de un encuentro virtual semanal en el que la mayoría de las ocasiones se cuenta con la presencia de una persona invitada, que habla sobre un tema específico, ya sea por corresponder a su especialidad o porque el contexto actual ha puesto el mismo sobre la mesa. La mayoría de las personas invitadas son y han sido propuestas por las mismas personas que asisten a la caguama. Normalmente la persona invitada comienza desarrollando el tema concreto y, sobre la marcha, quienes asisten a la caguama jurídica comienzan a hacer preguntas.
Semana tras semana se conecta gente con perfiles disímiles (en lo jurídico: litigantes, personas servidoras públicas de la administración pública y tribunales, académicos, etc.; de otras profesiones: politólogos, urbanistas, sociólogos, matemáticos, etc.), que conviven en una dinámica de igualdad horizontal, que permite que cada una comente y aporte desde su experiencia. En muchos casos (cada vez más) se suma gente cuya profesión no es jurídica y que pone en juego los cajones en los que la discusión típicamente entre abogados se suele enfrascar.
Y aunque en todas las caguamas se aprende algo (por más “común” que sea la discusión del día) me parece valioso que la misma gente ponga sobre la mesa cuestiones que normalmente son desconocidas para el grueso de los que nos dedicamos al Derecho o que se confronten los análisis típicamente legales, desde la perspectiva de otra profesión.
El año pasado nos vimos fuertemente impactados cuando escuchamos sobre la realidad de las estaciones migratorias en México; de los problemas que existen cuando se habla de movilidad en el país y cómo esto se vincula a temas que uno ni siquiera relaciona como las normas oficiales que regulan los requisitos de seguridad de vehículos en México. Ni qué decir cuando escuchamos de los tratamientos a personas neurodivergentes y los tratamientos que reciben en instituciones psiquiátricas (¿sabían ustedes que en México todavía se aplica terapia de choques a pacientes psiquiátricos?).
Me gusta pensar que la caguama jurídica se ha convertido en un espacio que facilita nuevos modos de vincularnos entre quienes pensamos y ejercemos el derecho, a la vez que tiende puentes con personas dedicadas a otras profesiones que, para bien o para mal, tienen que lidiar con nosotros.
Quienes asistan por primera vez quizá se lleven la sorpresa de que es posible -entre abogados- hablar de derecho como lo hacen los seres humanos comunes y no bajo la pretensión de que las personas dedicadas al derecho somos guardianes de conocimientos inasequibles para el resto de la población. Todo ello, sin que se ponga en riesgo la seriedad y profesionalidad con la que se ejerce la profesión.
En fin, lo que trato de compartir con estas líneas es que hay que propiciar nuevos espacios para hablar del derecho, criticar sus prácticas y buscar socializar el mismo.
Reitero lo que decía líneas arriba: es importante profanar la forma en la que entendemos el derecho, pues solo así podemos reapropiar sus conceptos para cualquier persona, que es la forma en la que el Derecho resultará asequible para sus destinatarios.
También debo de señalar que no digo que la caguama haya venido a innovar la discusión. Me queda claro que mucha gente antes que nosotros ha venido haciendo esfuerzos y ha hablado de la importancia de socializar el derecho. Realmente solo quería comentarles lo que, en mi opinión, sucede semana tras semana en estos encuentros, de forma tal que no diría que la caguama hace las veces de un Lutero traduciendo la Biblia al alemán, pero si que aspiro a que la caguama sea vista, cuando menos, como una Elle Woods que nos transmite que ser persona, no está peleado con ejercer el Derecho.
Finalmente, quizá quedan dos cosas que aclarar.
La primera va en relación a la duda de mucha gente: ¿cómo puedo participar en la caguama jurídica? Muy simple. Nos reunimos virtualmente todos los miércoles a las 20:30 horas de la Ciudad de México y el enlace se envía ese mismo día, por la tarde, a quienes se suscriben gratuitamente al newsletter de DA.MX.® (www.derechoadministrativo.mx).
La segunda es, ¿y sí se toma caguama? Aunque, claro, no se trata de incitar al vicio a nadie, la invitación a tomar el trago de su preferencia es real. Pero, ahí donde la visión predominante de la abogacía quizá considere que lo que nos toca a los abogados es tomar una copa de vino y hablar sobre sus características “de cuerpo intenso, bajo dulzor, de tanino fuerte, seco y buena proporción de alcohol”, nosotros creemos que vale la pena cambiar de envase y para ello proponemos algo tan profano para esas formalidades como una caguama.
Así que… ¿te invito una caguama jurídica?
Esta era mi visión de las muchas cosas que representaba la naciente caguama jurídica. Decidí compartirles este texto por una doble razón. La primera porque hoy se cumplen cinco años de caguamas jurídicas; y, la segunda, porque como ya se los he ido anunciando a lo largo de estas semanas, ha llegado el momento de dar cierre al espacio, y este texto me permitía contrastar esa visión del 2022 con lo que es la caguama al momento de su cierre, a un lustro de su inicio.
Pero soy sincero y sé que no soy la persona que pueda evaluar objetivamente si el espacio cumplió este cometido de desmitificar el derecho o de lograr socializarlo. Sí estoy convencido de que se creó un espacio que garantizó la discusión horizontal y comunitaria de problemas jurídicos, con gran nivel técnico, pero manteniendo su estructura relajada. También, estoy convencido de que se creó una comunidad participativa que hoy tiene otra visión de cómo discutir el derecho. Ese grupo de asistentes que conforman toda la comunidad DAMX y que orgullosamente se consideran “de la caguama jurídica”.
Pero entonces, ¿qué son cinco años de caguamas jurídicas?
Aquí es donde puedo ser objetivo y aportar datos. Cinco años de caguamas jurídicas son 213 sesiones (considerando algunas que se realizaron presencialmente), con casi 200 personas invitadas como expositoras.
Las estadísticas de las sesiones (que empecé a registrar a partir del año 2022), indican que las reuniones duraron 49,717 minutos (que equivale a 828.61 horas o 39.52 días). La asistencia total de las reuniones en línea fue de 26,546 personas, promediando una asistencia de 124 personas por reunión.
Sé que todo lo anterior los puede llevar a estarse preguntando “¿por qué, entonces, se cierra la caguama jurídica?”, y estoy consciente de que es posible que no se entienda mi decisión de cerrar este espacio de discusión con una última sesión el día 25 de marzo.
Pues bien, aunque hay muchas razones alrededor de la decisión, hay una central: el modelo estaba pensado para ser un espacio de gestión colectivo y, por lo errores que sea, pasó a depender de mi presencia en él (aunque sí, siempre respaldado y agradecido con el equipo administrativo de DAMX [Mantaro, Pepe, Maru, Rama, Ale]), y sostenerlo se volvió un trabajo que, personalmente, resultaba extenuante. Así que creo que uno debe reconocer hasta donde llegan sus posibilidades y tomar decisiones y es de ahí de donde ha venido la decisión de ponerle fin al espacio.
Sin embargo, creo que el formato, la dinámica, y la idea de lo que constituyó la caguama a lo largo de cinco años, se mantendrá vigente; espero que la gente tome el ejemplo, lo replique, mejore y mantenga en otros espacios.
Y creo que esto es posible porque lo que en verdad hace funcionar a la caguama jurídica, no es quién la gestiona, sino la gente que semana tras semana se reúne a discutir, preguntar e intercambiar puntos de vista de forma crítica. Esa gente que se reúne a debatir y escuchar respetuosamente. En definitiva, la caguama jurídica es la gente que acude cada miércoles a ella. Mi reconocimiento a todos y todas ustedes, porque han sostenido este espacio por cinco años.
En este sentido, más que pensar que este es el final de la caguama jurídica, les propongo pensar que sí, en efecto, el envase se rompe, pero el contenido sigue. Hasta hoy se contuvo en una caguama, mañana puede encontrar otro envase.
Al final, como enseñó Couture: “El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando”, y qué mejor que los espacios colectivos de discusión para ello.
Así que para despedir nuestro espacio, ¿les invito una última caguama jurídica?
Darío
Citas:
[1] Esto es probablemente una consecuencia del positivismo legalista que tanto auge tuvo en el país. Doy una explicación muy sintética de esto (por lo mismo, deja por fuera muchas discusiones actuales): a lo largo de la historia, se pueden identificar dos formas principales de conceptualizar al derecho. La primera se suele denominar iusnaturalismo e indica que existen ciertas reglas o derechos que existen independientemente de su reconocimiento por el derecho que se encuentra vigente en un determinado momento y lugar. Del otro lado, el iuspositivismo sostiene que el derecho se compone de aquellas reglas que han sido aprobadas por las autoridades competentes en un momento y lugar dado y, básicamente, lo que no se encuentra en esas reglas, no es derecho. Con estas ideas básicas, cuando se habla de positivismo legalista, se piensa en un sistema donde exclusivamente lo que está en la Ley es lo que importa, lo que, en términos prácticos, termina excluyendo la importancia de voltear a ver otras ciencias, porque el derecho se autoregula. Es decir, se caracteriza fundamentalmente por identificar el derecho con la ley, lo que acarrea la concepción de que la ley regula todos los casos que la realidad puede presentar. Tal ideología fue adoptada en México de forma tan radical que incluso en la actualidad se ve aún reflejada en las resoluciones jurisdiccionales. SERNA, Pedro. Curso de Argumentación e Interpretación Jurídica. Impartido en la Escuela de Graduados en Administración y Políticas Públicas del ITESM, Semestre Enero – Mayo 2008.
[2] La idea sobre la relación entre lo sagrado y su profanación es una mezcla de las ideas de Marx y Agamben, explicadas por Darío Sztajnzrajber en “Filosofía en 11 frases”
